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Imprimir esta páginaEnviar este artículo por E-mail, a un AmigoIsmael Garzón. Director del Taller Escuela Mariano Moreno, de periodismo y comunicación

Vía https://www.laautenticadefensa.net - Edición del 22/oct/2009




 Ismael Garzón


 Obra del genial Benito Quinquela Martín

Yo era muy pequeño. Tenía cinco o seis años. Puedo dar fe que desde esa temprana edad se puede recordar hechos con prodigiosa facultad infantil y que luego, en la edad madura, se reproducen con sorprendente lujo de detalles.

Los psicólogos tienen sobre el tema posibilidades para abundar en ideas sobre el citado fenómeno mnemotécnico; pero "no me quiero ir por las ramas y volvamos al asunto", como decía un profesor de mis tiempos de estudiante.

A la tierna edad apuntada, de la mano de mi padre, pude entrar en el mundo de fantásticos colores, aguas mansas y olorosas, ya turbias, surcadas por buques de extrañas banderas, en ese serpenteante riachuelo, a cuya vera los hombrecillos pintados por Benito Quinquela Martín, en sudorosa acción laboral, cumplían con su trabajo en astilleros, sobre endebles andamios, calafateando o pintando, tal como quedó plasmado en sus célebres obras hoy exhibidas en museos de Río de Janeiro, Madrid, París, Nueva York, La Habana, etcétera.

Amén de las tareas de carga y descarga sobre navíos recostados sobre la calle Pedro de Mendoza, cerquita de la Vuelta de Rocha y a metros de la vieja Escuela-Museo que lleva el nombre del famoso conquistador español, fundador de Buenos Aires.

Muchas tablas de madera eran colocadas sobre anchos chatones tirados por varias yuntas de caballos percherones, los que se detenían sobre las barracas de lana y en otros casos, obligándome a pensar en un país grande en extensión geográfica, con millones de ovejas y vacas para exportación; y progresista, como lo soñaba y anticipaba en sus obras Quinquela.

Para mis ávidos ojos infantiles, todo era maravilloso.

Con algunos años más, ya adolescente, la jeringoza de los pobladores del barrio de la Boca, me acercaba, en buena medida, la presencia de mis abuelos, ya que ellos habían vivido en el lugar, dominando lo que después supe era un dialecto genovés, "xeneize", muy difundido en el barrio de Quinquela y Juan de Dios Filiberto.

Caminaba por las calles del barrio, con desparejo adoquinado, - tal vez desniveladas por el paso de los viejos y pesados carretones, quedando extasiado por el mundo de casas de maderas y chapas, pintadas con los mismos colores de los "piróscafos" amarrados a orillas del Riachuelo.

Pasaron los años. Los baquianos del río - que no describió Sarmiento- uno de ellos era mi padre, marino mercante, inspirador de mis sueños boquenses de purrete, consiguió que me inclinara, en preferencias futbolísticas, por la camiseta azul y oro del Club Boca Junior, convirtiéndome en fanático del equipo del inolvidable Roberto Cherro.

En mis repetidas visitas a la Boca, visité varios estudios de pintores, con la guía de familiares, pero me veo, con la melancolía de mis recuerdos, transitando amplios patios de desiguales baldosas coloradas, con tramos de cemento gris, en contraste con el iridiscente de macetas de mil raros orígenes y ascendiendo con pasos jóvenes y ágiles largas escaleras de madera que me permitirían arribar a cuartos grandes, los que en perfecto desorden contenían cuadros, óleos, témperas, pinceles, Desde sus amplios ventanales veía hermosas imágenes que me regalaba el Riachuelo, en una perspectiva que ofrecía una suerte de espectáculo natural digno de la espátula de don Benito Quinquela Martín, siempre dispuesto a recrear sus admirables obras,

Lo relatado quedó indeleble en mi memoria. Papá marino, el turbio riachuelo, el club de mis amores, la exquisita polenta en el restaurante de Merlo, en la calle Pedro de Mendoza, mis diálogos con Quinquela Martín, pizza y fainá en Tuñin de la Boca, las cantinas del barrio, la increíble aventura de cruzar en canoa y por cinco centavos a la isla Maciel, mi tía María que me hablaba en "xeneize", diciéndome: "te vas, caro. ¿viñu fritu u viñu tardi? (¿Te vas querido, vienes temprano o tarde?).

Hay, entre mis familiares, un ausente físicamente, mi tío Negro, que trabajaba en uno de los puentes comunicantes con la isla Maciel y que salvó la vida de un semejante colocado sobre la estructura metálica en difícil situación, arriesgando la propia, lo que dio lugar que por el solidario gesto recibiera una distinción.

En consecuencia, como no sentirme conmovido y melancólico al comprobar, como afirmaba mi inolvidable amigo, Guillermo Alesso: "En la ribera de nuestra infancia y juventud la realidad gris estalló con los mil colores de la paleta de don Benito".

El autor es director y docente del Taller Escuela Mariano Moreno de Periodismo, Comunicación y Oratoria. Correo electrónico : ismaelgarzon2003@yahoo.com.


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