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Imprimir esta páginaEnviar este artículo por E-mail, a un AmigoIsmael Garzón. Director del Taller Escuela Mariano Moreno, de periodismo y comunicación

Vía https://www.laautenticadefensa.net - Edición del 11/dic/2010





 

Hace algunos días, el educador y ensayista Guillermo Jaim Etcheverry, en La Nación, se refirió a un texto relacionado con el sentido hacia el que evolucionaba la sociedad, pero hay escritos que mantienen su actualidad y mucho de lo que se recuerda y aun a conciencia del autoplagio, nos hace volver sobre aspectos esenciales. Conozco los valores humanos del ensayista, historiador del tango y entrañable amigo José Eduardo Bolzán, quien me envió palabras dichas por Alfredo Leuco, y por mi parte la posibilidad de recordar a dos personas que no olvidaré jamás y a quienes conocí personalmente: El ex presidente Arturo Umberto Illia, en Campana y a ´Marito´ González (Jairo), a este último en un estudio de Radio Argentina, cuando yo trabajaba como locutor y comentarista en dicha emisora. En un glorioso recital, Jairo contó una vivencia estremecedora de su Cruz del Eje natal. Una madrugada su hermanita no paraba de temblar mientras se iba poniendo morada. Sus padres estaban desesperados. No sabían que hacer. Temían que se les muriera y fueron a golpear la puerta de la casa del médico del pueblo. El doctor Arturo Illia se puso un sobretodo sobre el pijama, se trepó a su bicicleta y pedaleó hasta la casa de los González. Apenas vio a la nenita dijo: "Hipotermia". "No sé si mi padre entendió lo que esa palabra rara quería decir", contó Jairo. La sabiduría del médico ordenó algo muy simple y profundo. Que el padre se sacara la camisa, el abrigo y que con su torso desnudo abrazara fuertemente a la chiquita a la que cubrieron con un par de mantas. "¿No le va a dar un remedio, doctor?", preguntó ansiosa la madre. Y Arturo Illia le dijo que para esos temblores no había mejor medicamento que el calor del cuerpo de su padre.

A la hora la chiquita empezó a recuperar los colores. Y a las 5 de la mañana, cuando ya estaba totalmente repuesta, don Arturo se puso otra vez su gastado sobretodo, se subió a la bicicleta y se perdió en la noche. Jairo dijo que lo contó por primera vez en su vida. Tal vez esa sabiduría popular, esa actitud solidaria, esa austeridad franciscana lo marcó para siempre. El teatro se llenó de lágrimas. Los aplausos en la sala denotaron que gran parte de la gente sabía quien había sido ese médico rural que llegó a ser presidente de la Nación. Pero afuera me di cuenta (relata el periodista cordobés Alfredo Leuco) que muchos jóvenes desconocían la dimensión ética de aquél hombre sencillo y patriota. Y les prometí que hoy- agrega Leuco-, en esta columna les iba a contar algo de lo que fue esa leyenda republicana.

"Llegó a la presidencia en 1963, el mismo año en que el mundo se conmovía por el asesinato de John Fitzgerald Kennedy y lloraba la muerte del Papa Bueno, Juan XXIII.

"Tal vez no fue una casualidad. El mismo día que murió Juan XXIII nació Illia como un presidente bueno. Hoy todos los colocan en el altar de los próceres de la democracia. (…)

"Nunca más un presidente en nuestro país volvió a viajar en subte o a tomar café en los bolichones. Nunca mas un presidente hizo lo que el hizo con los fondos reservados: no los tocó. Nació en Pergamino pero se encariñó con Cruz del Eje donde ejerció su vocación de arte de curar personas con la medicina y de curar sociedades con la política. Allí conoció a don González el padre de Marito, es decir de Jairo. Atendió a los humildes y peleó por la libertad y la justicia para todos.

"A Don Arturo Umberto Illia lo vamos a extrañar por el resto de nuestros días. Porque hacía sin robar. Porque se fue del gobierno mucho mas pobre de lo que entró y eso que entró pobre. Su modesta casa y el consultorio fueron donaciones de los vecinos y en los últimos días de su vida atendía en la panadería de un amigo. Fue la ética sentada en el sillón de Rivadavia. Yo tenía 11 años cuando los golpistas lo arrancaron de la casa de gobierno. Mi padre que lo había votado y lo admiraba profundamente se agarró la cabeza y me dijo:

- Pobre de nosotros los argentinos. Todavía no sabemos los dramas que nos esperan.

"Y mi viejo tuvo razón. Mucha tragedia le esperaba a este bendito país. Yo tenía 11 años pero todavía recuerdo su cabeza blanca, su frente alta y su conciencia limpia.

El autor, escritor y periodista, es director del Taller Escuela Mariano Moreno (TEMM), de Periodismo y Comunicación.


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