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La Casa de los Costa
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Imprimir esta páginaEnviar este artículo por E-mail, a un AmigoCasa de los Hermanos Costa - Fundadores de Campana

Vía https://www.laautenticadefensa.net - Edición del 26/jul/2020





Jorge Bader

Álamos de Campana, en un cementerio de París, una muestra más de nuestro pasado internacional.

En esencia el trazado de Campana nunca dejó de lado los condicionantes productivos preexistentes. De hecho, en el bajo, según la traza del ferrocarril, Chapeaurouge, diseñó un parque público desde el parque de la Casa de los Costa, hasta la estación, condicionado por esa traza.

Una historia relatada por Fumiere, citada en el libro del Instituto Agrario, recuerda que Hilario Ascasubi, trasplantó algunos sauces que llevó a París, al célebre cementerio de Pere Lachaise, donde descansan históricos personajes famosos, para honrar la tumba de Alfred de Musset, dramaturgo francés a quien seguramente admiraba.

Ascasubi fue un poeta, escritor argentino, cuya vida estuvo signada por numerosos episodios agitados. Desde su nacimiento, ocurrido en el viaje que su madre realizaba de Córdoba a Buenos Aires en la parte trasera de un carro, hasta su romántica vida plagada de incidentes. En un viaje a Francia el barco en el que viajaba fue secuestrado, desviado a Lisboa, donde escapó y finalmente, después de una estadía en Francia, y un recorrido por distintos países de América, volvió para luchar en distintas guerras, contra Brasil y en guerras internas en Argentina. Vivió exilado en Montevideo, y en 1868, fue destacado en la diplomacia por Bartolomé Mitre quien lo envió a Paris.

Murió en un episodio confuso, algunos aseveran que envenenado por sus enemigos. En fin, lo cierto es que al parecer en ese viaje a Paris como diplomático llevó el presente originado en los parques de Campana. Quizás por la amistad que tendría con don Eduardo Costa, quien ya sabemos pertenecía a la alta burguesía de aquella época.

La cuestión acá es que Chapeurouge seguramente no desconoció el hecho que el ferrocarril no habría de terminar aquí, sino que esto sería en un corto plazo un corte de la ciudad con el rio.

La creación de ese parque al sur pretendía lucir la vista del río a quien llegara en tren considerando que este era el primer punto desde Capital donde podrían tomar contacto directo con la costa. Ya el trazado se subordinaba a las vías de comunicación y a las actividades productivas. Siempre me quedó latente la imagen ideal de ese parque que obviamente no llegamos a conocer porque nuestra realidad pasó a ser muy diferente. Pero cuando caminábamos de adolescentes el olvidado camino de tierra al pie de las barrancas hacia Otamendi, el día de la primavera, o el día del estudiante, como se quiera recordar, en aquel tradicional periplo que constituía una antigua tradición local, podíamos ver los resabios de ese parque simplemente al contemplar las barrancas agrestes o el Tajiber, densamente poblado de árboles de la producción forestal.

Me imagino la impresión que seguramente producía al llegar a la zona, el paisaje abierto, hacia el rio y la isla, cuando aún no existía la explotación petrolera y el sector estaba configurado como una reserva urbana potencial.

Otros paradigmas

Ya en el plano original la presencia del frigorífico, y los talleres configuraban una subordinación de la ciudad a la cuestión productiva. Era una época donde los paradigmas de la planificación eran otros.

En resumen, la conclusión es que tuvimos mucho urbanismo afrancesado pero poco respeto por los accidentes geográficos, y un corte abrupto de la ciudad al disfrute del rio, objeto central del enclave original. Incluso es notable la fuerte contradicción de intereses que la misma familia Costa pone de manifiesto en el desarrollo de la traza.

La ubicación de sus casas originales, una de ellas devenida en el hotel Loreley, donde hoy está la aduana, y la otra en la siempre recordada mansión, ya ausente, eran dos imponentes obras en lo alto de la barranca donde se disponía de la mejor vista del bajo y el rio, y precisamente por donde llegaba, en ese bajo, el ferrocarril, que irrumpía en el silencio y la belleza del entorno.

Yo lo experimenté personalmente, obviamente parcialmente, porque durante unos 6 años viví en la casa lindera a la actual aduana, mi primera casa propia, donde desde el fondo se podía ver el rio, y la isla, debido precisamente al fuerte desnivel de más de ocho metros entre la calle Luis Costa y la calle Dellepiane.

Más allá de este "Amarcord" personal y anecdótico, no por eso menos nostálgico, las críticas que acumulamos ante la distancia impuesta por las actividades industriales son parte del origen de nuestra urbanización.

Nunca fuimos una ciudad pensada por el atractivo natural de sus barrancas, el valor de sus humedales, los quiebres de su topografía o su fácil accesibilidad al río. Con esto quiero sintetizar lo que un urbanista actual privilegiaría si encontrara este terreno vacío. Y quizás, también con esto, pretendo expresar lo que probablemente debiéramos esforzarnos por recuperar.


Arq. Jorge Bader - Matrícula CAPBA 4015


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