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Imprimir esta páginaEnviar este artículo por E-mail, a un AmigoLa actividad literaria en la Ciudad de Campana

Vía https://www.laautenticadefensa.net - Edición del 04/jun/2020





Víctor Racedo

Odió con vehemencia a su reloj despertador. Sabía que ese ruido ensordecedor provenía de ahí. Lo asalto un irrefrenable impulso de estamparlo contra la pared. Él sabía que eso ocurriría; fue ese el motivo por el cual la noche anterior tuvo la precaución de dejarlo lejos del alcance de su mano.

Habitualmente se despertaba solo. Creía poseer un reloj biológico que rara vez se descomponía. No recordaba la última vez que se había quedado dormido. Pero en esta oportunidad no podía darse ese lujo, tenía que tomar su guardia a las seis de la mañana y debía pasar por el cajero automático antes. Hacía varios días que se había quedado sin dinero y, si le habían depositado su sueldo, podría pagar algunos de los compromisos asumidos y poder adquirir víveres para el fin de semana. Era su costumbre hacer ese trámite a la salida del trabajo. En esta oportunidad no tuvo más remedio que optar, o iba a retirar el dinero o iba a la marcha en defensa de los trabajadores de la salud que se había estado orquestando y anunciando por las redes sociales.

Tomó la ducha matinal más rápido que de costumbre. Dobló cuidadosamente la ropa que usaba exclusivamente dentro del hospital, y que había dejado preparada la noche anterior cuando había tenido que secar con la plancha la única chaqueta con la que contaba para esa tarea.

Salió apurado de su departamento. En realidad no era un departamento, ni era suyo. Era un mono ambiente que había podido alquilar en el penúltimo piso del edificio. Una pocilga en tiempos normales pero, desde que se había desatado la pandemia e impuesto la cuarentena, le permitía estar cerca del hospital y moverse caminando. -El séptimo D, es el único que tengo para ofrecerte. Tiene un poco de humedad y la ventana da a un aire y luz del fondo. -Le habría dicho el dueño quién había minimizado la humedad y falseado lo de aire y luz porque no tenía ni una cosa ni la otra. Tan apurado salió que no vio el sobre que el consorcio le había dejado por debajo de la puerta.

Llegó al banco cuando aun la luz solar no se asomaba. Se alegró al ver desértico el lugar, el trámite sería rápido. ¡Y lo fue! El sueldo no había sido depositado. Su cuenta no presentaba saldo. No pudo hacer ningún retiro.

Salió del lugar con la decepción de un niño que se va dormir sin juguete la noche de navidad. Pensaba en el terrible fin de semana que le esperaba, solo, lejos de su familia, sin dinero y sin víveres.

Mientras caminaba hacía el hospital, meditando sobre su desventura, escuchó el chirriar de los neumáticos ante una brusca frenada seguido de un fuerte ruido. Corrió a la esquina. Cuando llegó vio un auto impactado contra una columna. El conductor, ensangrentado, estaba inconsciente sobre el volante. No se desesperó, sabía los pasos a seguir. Primero pidió ayuda, con su propio teléfono celular llamó al 911. Luego evaluó el riesgo para él y para el herido. Se aseguró que el conductor tuviese pulso y respirara. Esperó impacientemente la llegada de la ambulancia. Sabía que llegaría tarde a su trabajo pero, por suerte, la ambulancia pertenecía a su hospital. Acompañó al herido y pudo hacer más creíble su excusa por la llegada tarde. Aunque eso solo sirvió para sus compañeros, porque el jefe de personal le dejó muy en claro que sufriría descuentos por ello.

Tomó su guardia en la terapia intensiva del hospital. Tres pacientes en respirador con insuficiencia respiratoria por coronavirus quedaban a su cargo durante el turno. Tuvo que calzarse ropa supuestamente adecuada para la tarea. Su compañera al pasarle la guardia lo había puesto en preaviso que no se contaban con todos los insumos. Los trajes estaban reutilizados y, en algunos casos, rotos. Los barbijos no eran suficientes y no había toallas de papel. Estaba acostumbrado a esa situación; sabía cómo arreglarse. Se calzó dos barbijos previamente usados y tomó un campo quirúrgico de tela que guardó cuidadosamente para usar de toalla personal.

El amor que profesaba a la enfermería había hecho que, desde que se había recibido, eligiera el sector intensivo porque disfrutaba ver cómo, con su accionar, la gente lograba esquivar la muerte. No lo lograba siempre. Creyente y devoto, sabía que cuando Dios decidía lo contrario él no era quien para oponerse. Llevaba varios años en la profesión; tenía en claro que era sacrificada y muchas veces injusta pero también tenía decidido volver a elegirla si tuviese que comenzar de nuevo.

De los tres pacientes, dos se mantuvieron estables durante su turno, el tercero se descompensó y tanto el médico de guardia como el personal de enfermería tuvieron que correr durante el turno logrando estabilizarlo después de una ardua tarea. Un cuarto paciente ingresó a la sala también con dificultad respiratoria. La colación que tenía prevista y a la que estaba habituado fue suspendida. El paciente nuevo también pobló el sector a su cargo.

Extenuado y famélico, aunque feliz por la tarea realizada, luego de una ducha obligatoria al finalizar el turno, decidió concurrir a la marcha organizada por los médicos y el personal de salud en reclamo a la falta de pago de haberes y de insumos necesarios.

Cuando llegó a la plaza reinaba el desierto. Aun faltaba, cerca de una hora, para el inicio de la marcha. Él lo sabía pero, al estar carente de automóvil, había decidido ir temprano para poder subirse a algún vehículo que lo aceptara. Mientras esperaba, llegó un grupo de personas con pancartas alusivas a la anti cuarentena. No entendiendo demasiado se acercó a hablar con ellas.

Allí se enteró que podía ganarse quinientos pesos si participaba con ellos y mil si se animaba a salir por televisión cuando vinieran los periodistas opinando a favor de la anti cuarentena. Mayúscula fue su sorpresa cuando se enteró que quien pagaba era un político representante del gobierno. El objetivo era diluir la protesta, dejar en segundo plano el motivo por el cual él había decidido participar. Cualquier persona en su situación hubiera tenido una fuerte disputa interna entre aceptar el dinero o continuar con su cometido. Él no lo dudó; tenía muy en claro sus valores. La defensa de sus derechos y la seguridad de sus compañeros no eran negociables. Nauseoso e indignado se retiró del grupo para esperar a los primeros trabajadores de la salud que concurrirían a la marcha.

No tardó en lograr quien le permitiera subir a un automóvil. Marcharon pacíficamente dentro de una larga caravana. Un grupo numeroso de personas de a pié se entrecruzaba con los autos portando carteles. Como esperaba, después de haber escuchado lo que le habían propuesto, las cámaras de televisión y los micrófonos de los periodistas mostraban a los peatones que con consignas anti cuarentena coparon la atención.

Embargado por la decepción de no haber podido lograr el objetivo que tenía en mente, pero con la satisfacción de haber aportado algo en apoyo a sus compañeros, al terminar la marcha se dirigió a su casa. El día había sido agotador. Necesitaba descansar.

Con su propia llave intentó abrir la puerta principal. Imposible, ni siquiera entraba la llave en la cerradura. No entendió que estaba ocurriendo. Desconcertado miró la puerta dándose por enterado que había una nota dirigida a él. No lo nombraba pero claramente se refería al habitante del séptimo D. Allí decía que como no había dado respuesta a la nota entregada por debajo de su puerta, se le prohibía el ingreso al edificio para evitar contagios de Covid -19.

Era tarde para ir a la casa de sus padres, no había medios de locomoción que funcionasen a esa hora. Regresó al hospital para poder dormir allí. El personal de seguridad le prohibió el ingreso. No estaba permitido permanecer en el lugar si no le correspondía su turno.

Llamó a un compañero de trabajo quien le permitió dormir en el automóvil en la playa de estacionamiento.

Cuando el sol le iluminó la cara, se despertó sonriente, tenía que volver a tomar su guardia. Volver a realizar la tarea que amaba. A la salida seguramente tendría tiempo de pensar cómo resolver sus problemas.


Víctor Racedo - Integrante de Campana Amanecer Literario


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 Actividad literaria 
Ismael GarzónGotardo Croce





 






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